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Primeras impresiones

5 Feb

Lo primero que tengo que decir de Le Cordon Bleu es que tiene un equipo de administración maravilloso. Sé que parece una tontería, pero yo que vengo de estudiar en una universidad pública, valoro mucho que los encargados de recepción y administración se tomen en serio su trabajo y sean realmente una ayuda (y no un verdadero obstáculo) para que los alumnos podamos realizar con éxito todos nuestros trámites.

Pese a que quedaban apenas 3 días para que se cerrase el proceso de matrícula y, pese a que físicamente no me encontraba en Madrid, conseguí matricularme sin apenas estrés gracias a la eficiencia de las chicas de administración. Y eso ya me dio una impresión de cómo funcionaba la Escuela.

El viernes anterior al primer sábado de clase, nada más salir del trabajo me fui a la Escuela para recoger mi uniforme y un súper maletín con el “instrumental” y de paso “hacer un reconocimiento del terreno”, ya que como me matriculé con tan poco tiempo, no había tenido la oportunidad de visitar antes la Escuela.

El uniforme es bien mono: pantalones con estampado de pata de gallo pequeña en azul marino y blanco, chaquetilla de chef blanca con escudo bordado, gorrito (parece como los antiguos de las azafatas o de los heladeros) y delantal y trapos a juego.

Por su parte, el maletín lleva de todo: un set de cuchillos que dan miedo de lo grandes que son, varillas para montar claras, espátulas, termómetros, boquillas para mangas pasteleras, pincel, descorazonador de manzanas, cucharas medidoras, etc… no le falta de nada. He de decir que cuando vi los cuchillos fui rezando por el camino para que la Guardia Civil no me parase….

Por la noche y antes de irme a dormir, dejé todo preparado para no tener que correr por la mañana. Me acosté pronto para estar descansada. Me sentía tranquila aunque estaba ansiosa por vivir esta nueva experiencia. Todo estaba listo para pasar un gran primer día de clase.

Sin embargo, el día no comenzó especialmente bien. Si bien es cierto que había ido antes a la Escuela, me perdí bien perdida por culpa de una densísima niebla que invadía la carretera y que me impedía leer los carteles indicativos. Tampoco me ayudó nada el hecho de que no hubiera ni un solo rayo de luz, ya que en pleno mes de enero en Madrid todavía es de noche cerrada a las 7 y media de la mañana. Y por si fuera poco, el GPS se volvió loco y me abandonó a mi suerte según entraba en la carretera de La Coruña….

Total, que me equivoqué tres veces de salida y me tuve que encontrar tres veces yo sola (con lo mal que me oriento y sin ver un pimiento).

nieblaa--644x362No se veía un pimiento….

Así que, aunque salí con una hora de antelación (más que suficiente ya que en sábado y tan temprano no hay ni un coche circulando) llegué a la Escuela a las 8:30 con la lengua fuera y muy estresada. ¡Y todavía me tenía que poner el uniforme y encontrar el aula!

Por suerte, mientras me iba abrochando la chaqueta por el pasillo, me encontré con el Chef que nos iba a dar clase y me acompañó muy amablemente y con una gran sonrisa al interior del aula. La verdad, me quitó los nervios en medio segundo. ¡Ahora sí que empezaba todo!

En el curso básico de repostería de sábados sólo somos 11 alumnos (todo un lujo ya que el Chef podrá estar más pendiente de todos en las sesiones prácticas). En total somos 8 chicas y 3 chicos. De todas las edades y cada uno “de su padre y de su madre”, como se suele decir. Somos dos abogados, cinco personas que trabajan en banca y finanzas, un ex militar, una ingeniera químico industrial, una dependienta de unos grandes almacenes y una odontóloga. Vamos, que profesionalmente ninguno se dedica a esto de hacer pasteles, pero todos tenemos en común nuestra pasión por la repostería.

Así que, nos presentamos, contamos un poco porqué estábamos haciendo el curso y para qué creíamos que nos serviría en un futuro.

El aula Demo (de demostración) es un espacio amplio con una cocina completamente equipada. Justo en frente de la cocina hay un montón de sillas con mesitas para que los alumnos puedan seguir la clase y tomar apuntes.

La cocina está monitorizada por cámaras que emiten su imagen en dos pantallas. Además, del techo cuelga un espejo gigante que refleja perfectamente la mesa de trabajo para no perder detalle de lo que hace el Chef.

Tras una master class en la que el Chef preparó todas las cremas de base en pastelería, nos fuimos a las cocinas a practicar lo que habíamos aprendido.

La cocina donde damos la clase práctica es espectacular. Nunca había estado en semejante cocinón: metros y metros de encimera para trabajar, neveras, congeladores, hornos y microondas supersónicos, cámaras frigoríficas, una larguísima fila de KitchenAids (modelo Heavy Duty) puestas unas al lado de las otras, placas de inducción, cocinas de gas….

En la clase práctica hicimos crema pastelera, crema inglesa y montamos nata a mano. Mi crema pastelera me quedó bastante bien y la nata, salvo por el dolooooor de brazo que agarré estaba bien también.

Sin embargo, con la crema inglesa desde luego no tuve tanta suerte porque se me cortó y la tuve que repetir otra vez.

Al final de la clase, el Chef puso todas las cremas inglesas juntas y las evaluó una por una “esta crema está bien”, “a esta le sobran 5 minutos de calor”, “esta tiene grumos” y cuando llega a la mía (que era la última) y metió la cuchara para comprobar la textura, la catalogó con un “….y esta crema es…. es….. es rara”. (T_T)

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©Disney

Desde luego, en esta clase ya pude comprobar el altísimo nivel de exigencia de la Escuela (el ritmo de trabajo y la metodología me recordaron muchísimo -pero mucho, mucho-  a mi Despacho).

No me extraña que la Escuela goce de tan buen nombre y que de aquí salgan magníficos profesionales.

M.

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Hasta Chicote estaría orgulloso de mi cocina

26 Dic

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La cocina de la foto es la cocina de mis sueños. Esa es la que imagino cuando pienso “cuando sea mayor quiero…..”. Una cocina en la que me quepan tooodos mis chismes de cocina y una encimera en la que haya un fregadero con dos senos (por lo menos) y en la que quepan cuatro Kitchen-Aids y tres Termomix y todavía haya sitio para seguir trabajando.

Sin embargo, no os penséis que tengo una cocina como la de la foto, ni muchísimo menos. Como otros tantos miles de españoles vivo en un piso pequeñito, pero monísimo. Y, evidentemente, mi cocina es pequeñita también.

Mi cocina es la típica cocina-tubo o cocina-pasillo, pero no es lo suficientemente grande como para tener dos zonas de trabajo. Así que solamente tengo muebles y encimera a un lado de la cocina. En el otro, hemos conseguido meter una mesita que nos sirve de apoyo y un armario escobero (que, digo yo, en algún lugar hay que guardar la aspiradora y el cubo de fregar). Debajo de la ventana y taponando la lavadora, hemos conseguido meter un carrito con ruedas que nos alivia un poco la falta de armarios. No os penséis que la cocina estaba así de mona cuando alquilamos el piso, no, no. Mi cocina ha sufrido una transformación cual “Pesadilla en la Cocina”. Ha pasado de ser la noche a ser el día, de ser la Pitufina fea a ser la Pitufina rubia.

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Para empezar, estaba llena de MIERDA suciedad. Tenía un olor a grasaza insoportable que tardó en irse dos meses (pese al millón y medio de productos con los que limpiamos –hasta con aguarrás-) y en los muebles (por dentro y por fuera), electrodomésticos, paredes y suelo se acumulaban capas y capas de mugre de no haber limpiado en años. La cocina del Castro de Lugo era el paraíso de la limpieza comparado con la que me dieron a mi. En resumen: los antiguos inquilinos eran unos GUARROS.

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Tras hacer que las acciones de Procter & Gamble subieran por lo menos un 15%, conseguimos que nuestra cocina se convirtiera en un lugar muy querido dentro de nuestra casita.

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Se supone que la cocina de mi piso venía con los electrodomésticos o eso ponía en el anuncio. Esto es: vitrocerámica, horno, microondas, lavavajillas, lavadora y nevera. Digo “se supone” porque los anteriores inquilinos los dejaron tiritando a todos sin excepción (aparte de la capa de porquería correspondiente).

Para empezar, la lavadora y el frigorífico estaban para tirar. Los anteriores inquilinos hicieron un empalme en un enchufe al intentar sacar otro extra y cortocircuitaron la nevera. La lavadora se encendió una vez y casi inunda la cocina.

Mi casera (que es hipercutre), no contaba con semejante gasto, y nos dijo que ya bastante teníamos con el micro, la vitro, el horno y el lavavajillas (olé!) y que si queríamos nevera y lavadora (que no son necesarios para vivir según nos dijo) que nos los pusiéramos nosotros y que nos los lleváramos cuando nos fuéramos. No voy a poneros toda la discusión, pero necesitábamos alquilar en ese momento un piso en la zona por cuestiones laborales y tanto el piso como la finca están realmente bien. Así que tragamos. Eso sí, ya que iban a ser nuestros, nos compramos al rey de las neveras y a la reina de las lavadoras. A ver qué hacen los próximos inquilinos cuando nos vayamos nosotros.

A la semana de estar viviendo en el piso, el lavavajillas empezó a hacer cosas raras. Así que la casera nos mandó a un técnico para que lo revisara y nos dijo que estaba a punto de morir. Así que, le pedí al técnico que se lo transmitiera él mismo a la casera porque esta mujer se piensa que me invento las cosas. Por supuesto, la casera intentó que también compráramos el lavavajillas “así os lo lleváis y ya lo tenéis” nos decía. Y una porra. Le dijimos que habíamos alquilado una cocina amueblada y esto era ya pasarse de la raya. O lo ponía ella o nos bajaba el alquiler. Total, que tras insistirle mucho nos lo cambió, eso sí, por el más cutre del mercado.

Si hacemos un repaso ya solamente quedan invictos la vitro, el horno y el micro, pero ¡no os creáis que estos no han dado problemas!

La vitro funcionaba bien, pero los mandos se caían del mueble y se quedaban colgados por los cables. Mi marido los intentó sujetar unas 10.000 veces y cuando ya estuvo totalmente desesperado, aprovechó un día que estaba por allí un técnico del aire acondicionado (sí, tampoco funcionaba el aire acondicionado…..) para pedir que le ayudase. Por suerte, el técnico del aire se enrolló y sujetó el cuadro de mandos a la encimera con dos buenos tornillos y hasta hoy no se ha vuelto a caer.

En cuanto al horno, mi principal aliado con esto de la repostería, qué os puedo contar. Cuando después de 4 días rascando la roña que había en su interior y lo probamos, nos dimos cuenta de que es lento, muy lento. Si una receta dice “meter 1 hora en el horno” mi pobre horno necesita tres (no exagero, pasa, por poner un ejemplo, con mi NY Cheesecake).

No sabemos qué le pasa, porque, aparentemente, está bien. El técnico que nos mandó la casera (estoy de los técnicos hasta el….) nos dijo que el horno funcionaba y que simplemente “no da para más” porque es malo, rematadamente malo. Pobrecito, esto es como el tonto de la clase, que no da para más pero hay que quererle como es. Por lo tanto, como técnicamente funciona, la casera ni de coña lo ha cambiado.

Y en cuanto al micro, es el que menos problemas nos ha dado, pero ya tiene muchos años en su haber y se nota

PD: Si pensáis que ya se nos había estropeado todo lo estropeable, se os ha pasado por alto una cosa: la caldera. Cascó a finales de noviembre del 2011 y estuvimos sin calefacción y aguantando agua fría 3 semanas hasta que el cuarto técnico que nos mandó la casera (no exagero, de verdad), le hizo un apaño para evitar tener que cambiarla que no sé cuánto durará.

Pobres los que vengan después …

Estrés, huevos y tartas

21 Dic

Pues sí. El ritmo de vida que se lleva en los grandes despachos (léase también auditoras, consultorías, etc…) puede conllevar un grado importante de estrés.

Pues bien, el año pasado, el día de antes de Nochebuena (era viernes), inmersa en un ataque de estrés, llegué a casa de madrugada tras haber terminado en tiempo récord un informe auditoría legal.  Me encontraba mental y físicamente destrozada y con unas ganas irremediables de externalizar mis nervios acumulados. Así que, como no tengo en casa un saco de boxeo, cogí las varillas de la cocina y me puse, porque sí, con todas mis fuerzas ¡¡¡a batir huevos!!! Batí uno a uno todos los huevos que había en la nevera ¡Qué relajación!

Cuando me di cuenta de lo que había hecho, pensé ¿y por qué he hecho yo esto? y lo que es más importante ¿¿¿¿y ahora qué hago yo con esto???? (odio tirar comida, es algo que no me gusta ni un poco). Por suerte, Alvin no estaba en casa para ver semejante demostración, ya que me habría llevado directa a un psiquiatra de urgencias. Entonces, mogollón de pensamientos inundaron mi mente: ¿y si hago una tarta? ¡Pero si soy nula en la cocina! ¿Las tartas llevan huevos, no? ¡Por Dios Mary, son las 2 de la madrugada! No he hecho nunca una tarta… ¡Me importa un pimiento!

Estaba cansadísima pero muy, muy espabilada y no me iba a poder dormir así que, como al día siguiente (bueno, realmente ya ese día) yo no tenía que trabajar, encendí el ordenador y busqué en Google “tarta 8 huevos”. Aparecieron miles, millones de recetas. Vi una que me llamó la atención, comprobé que tenía el resto de ingredientes en casa y decidí ponerme a ello.

Como os conté en el post anterior soy mala, malísima cocinando, pero contra todo pronóstico la tarta salió maravillosa. No sé por qué. Fue de repente. La primera vez que hago una tarta, va y me sale bien. Era redonda, tostadita pero sin estar quemada, olía bien, tenía buena pinta. Flipaba. Así que, como estaba muerta de sueño, eran las 5 de la madrugada y Alvin no había llegado todavía de la cena de Navidad de su consultora, la guardé y la llevé al día siguiente (bueno, ese mismo día) a la cena de Nochebuena.

Mi madre casi llora, estaba emocionadísima: María, ¡has hecho una tarta! ¡mi niña ya es mayor! ¡y lo que es más importante … ya a no te morirás de hambre! ¡Ayyy mi “Sweet Lawyer”! Desde entonces he dejado de ser oficialmente una inútil en mi casa y me gané un apodo nuevo.

El caso y para ir terminando, es que la tarta fue un éxito total. Y desde entonces, me pongo a batir huevos cada vez que me estreso. Y cada vez elijo una receta nueva para aprovecharlos y cada vez Alvin tiene más kilos.

Así me hice abogada – repostera o “sweet lawyer”, como prefiráis.

M.

¡Socorro! Hay un abogado en mi cocina

21 Dic

¡Hola! Me llamo María (Mary para los amigos), tengo 26 años y soy abogada. Desde hace 4 años trabajo a tiempo completo en un despacho de abogados. Mi principal obsesión desde quinto de primaria era estudiar para estar preparada para el futuro: que si estudio 4 idiomas, que si dos carreras, que si máster, que si curso de práctica jurídica, que si curso de derecho en EE.UU., etc. Pero hay algo para lo que nunca estudié: para sobrevivir. Y si digo sobrevivir es porque nunca pensé (vamos, ni se me pasó por la cabeza) que alguna vez mi santa madre no viviría conmigo y me tendría que alimentar por mí misma.

La cocina era un espacio que no había explorado en casa de mis padres y del que descubrí su existencia (así, de sopetón) cuando me independicé. Qué triste es esto y qué inútil es esta chica, pensaréis. Pues sí. Es triste (muy triste) y soy una auténtica manta en la cocina. La única vez que entré nada más casarme casi me amputo un dedo con un cuchillo de los gordos. Eso sí, las demandas las hago fenomenal, que tampoco es que yo sea tal mal partido.

Cuando me casé y me fui de casa de mis padres hace un año, la principal preocupación de mi madre era que comiera y a ser posible, bien y en cantidad. Según ella antes de la boda me estaba quedando “esquelética” y “ahora que ella no está conmigo en casa me voy a quedar en un holograma”. He de decir que yo soy delgada pero tengo mis curvas.

Mi madre sabe lo que conlleva la vida en un despacho de este tipo y también sabe que, en lo referente a las cuestiones de la cocina, soy vaga, muy vaga. Lo confieso. Soy de las que prefiere tomarse para cenar un yogur y un plátano con tal de no ponerme a cocinar a las 23:30 horas cuando llego de trabajar (amén de que después hay que fregar y recoger).

Mi madre me conoce, demasiado. Tal era su preocupación cuando me fui que llegó a llamarme todos los días a la hora de la comida y de la cena para saber si estaba comiendo y qué estaba comiendo.

Y pensaréis ¿y el marido de María en cuestión? ¿Es que no cocina? ¿Será un gandul? Pues Alvin (realmente se llama Álvaro pero yo le llamo Al o Alvin), cocina y muy bien o por lo menos a mí me lo parece. Pero, lamentablemente, él también trabaja en una consultora y llega incluso más tarde que yo por las noches (somos una familia desestructurada, como dice mi socio).

Total, que como damos más pena que el pequeño Timmy el día de Navidad, mi santa suegra nos manda cargamentos de tuppers. Así hemos estado un año y medio pero sé que las reservas de tuppers (como las de petróleo) no son eternas y algún día no habrá tuppers (ni petróleo) y a ver qué hacemos nosotros (y Repsol).

Pues bien, como el aire no alimenta (de momento, ya se verá dentro de 50 años) no me ha quedado más remedio que ponerme manos a la obra y meterme en la cocina-tubo de nuestro piso alquilado y ponerme ¡a cocinar!

Con el paso del tiempo he conseguido hacerme un “huequito” en mi propia cocina (me ha costado algún que otro accidente sin importancia y peleas con el horno). Eso sí, la comida es muy básica, pero sana y alimenta, que es lo importante.

¿Y vosotros? ¿Qué tal os lleváis con vuestra cocina?

M.

My Sweet Lawyer

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