Estrés, huevos y tartas

21 Dic

Pues sí. El ritmo de vida que se lleva en los grandes despachos (léase también auditoras, consultorías, etc…) puede conllevar un grado importante de estrés.

Pues bien, el año pasado, el día de antes de Nochebuena (era viernes), inmersa en un ataque de estrés, llegué a casa de madrugada tras haber terminado en tiempo récord un informe auditoría legal.  Me encontraba mental y físicamente destrozada y con unas ganas irremediables de externalizar mis nervios acumulados. Así que, como no tengo en casa un saco de boxeo, cogí las varillas de la cocina y me puse, porque sí, con todas mis fuerzas ¡¡¡a batir huevos!!! Batí uno a uno todos los huevos que había en la nevera ¡Qué relajación!

Cuando me di cuenta de lo que había hecho, pensé ¿y por qué he hecho yo esto? y lo que es más importante ¿¿¿¿y ahora qué hago yo con esto???? (odio tirar comida, es algo que no me gusta ni un poco). Por suerte, Alvin no estaba en casa para ver semejante demostración, ya que me habría llevado directa a un psiquiatra de urgencias. Entonces, mogollón de pensamientos inundaron mi mente: ¿y si hago una tarta? ¡Pero si soy nula en la cocina! ¿Las tartas llevan huevos, no? ¡Por Dios Mary, son las 2 de la madrugada! No he hecho nunca una tarta… ¡Me importa un pimiento!

Estaba cansadísima pero muy, muy espabilada y no me iba a poder dormir así que, como al día siguiente (bueno, realmente ya ese día) yo no tenía que trabajar, encendí el ordenador y busqué en Google “tarta 8 huevos”. Aparecieron miles, millones de recetas. Vi una que me llamó la atención, comprobé que tenía el resto de ingredientes en casa y decidí ponerme a ello.

Como os conté en el post anterior soy mala, malísima cocinando, pero contra todo pronóstico la tarta salió maravillosa. No sé por qué. Fue de repente. La primera vez que hago una tarta, va y me sale bien. Era redonda, tostadita pero sin estar quemada, olía bien, tenía buena pinta. Flipaba. Así que, como estaba muerta de sueño, eran las 5 de la madrugada y Alvin no había llegado todavía de la cena de Navidad de su consultora, la guardé y la llevé al día siguiente (bueno, ese mismo día) a la cena de Nochebuena.

Mi madre casi llora, estaba emocionadísima: María, ¡has hecho una tarta! ¡mi niña ya es mayor! ¡y lo que es más importante … ya a no te morirás de hambre! ¡Ayyy mi “Sweet Lawyer”! Desde entonces he dejado de ser oficialmente una inútil en mi casa y me gané un apodo nuevo.

El caso y para ir terminando, es que la tarta fue un éxito total. Y desde entonces, me pongo a batir huevos cada vez que me estreso. Y cada vez elijo una receta nueva para aprovecharlos y cada vez Alvin tiene más kilos.

Así me hice abogada – repostera o “sweet lawyer”, como prefiráis.

M.

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